Entrando en la tormenta

 

llorar y desaparecer

Tantos días ya y tan diferentes a todo lo imaginado…

Entro consciente en la tormenta. Los mapas previos, los míos, mi bagaje, mis ganas de vivir y crecer me hacen entrar confiada y convencida de  la naturaleza de lo que voy a encontrar. Confiada en que la intensidad de los truenos no va a hacerme encoger más de lo necesario, con ganas de experimentarlo como una forma de entreno mental, como una puerta abierta que se muestra en el camino. Entro en la tormenta confiada en que los rayos van a arrasar aquello necesario para que, a la postre, pueda florecer lo que aún permanece oculto.

Y la tormenta comienza, claro que comienza, pero me muestra que nada es como había imaginado. No hay truenos, no hay rayos, sólo hay silencio. Un silencio ensordecedor que lo inunda todo, que muestra dentro un abismo al que presa del vértigo me da miedo asomarme porque hace que se tambaleen estos cimientos que yo creía seguros. Y no hallo nada en medio del silencio que me permita recobrar el sonido de mi existencia, ése que creía mío, ése que creía que me identificaba.

Y entonces entiendo que para seguir adelante,  solo me queda una opción. Fundirme en el silencio para encontrarme, permitir que a cada instante desaparezca todo lo imaginado y sentir el silencio como la realidad que existe ahora, no sé si la única, pero si la que llena mi momento y en la que he de encontrarme. Y al desaparecer lo imaginado duele cada poro, porque cada inspiración hecha  deshace un poco mas el interior, desgarrando aquello que yo creía que no existía pero que aun existe y que son mas capas disimuladas que aun estorban. Y en cada espiración, expulsando al exterior el dolor acumulado. Nada era como imaginé.

Ha sido la primera embestida de una tormenta que me ha mostrado que lo que creo conocer no es sino una creación mental a la que también debo dejar ir. Una tormenta que me está mostrando, implorando diría yo, que basta con que descanse en mi corazón porque ya  he sentido que al hacerlo, solo al hacerlo, comienza a brillar esa lucecita que antes cubierta con tantas capas creadas por mi, capas de ideas, creencias y apegos, parecía no existir. Y es que ahora, el ensordecedor  silencio me está trayendo también oscuridad y es reposando en ella que estoy empezando a sentir que la luz se puede liberar y brillar por sí sola. 

Esa luz no es otra cosa que el faro de mi alma. Pongo rumbo a ella.  

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